O sea, que el cólera puede causar tantos muertos como el terremoto. No lo digo yo, sino Naciones Unidas, ese organismo que envía cascos azules por aquí y por allá y que casi nunca son bienvenidos por la población local. "Necesitamos 163 millones de dólares para evitar que esta epidemia nos supere", nos dijo el pasado día 12 en Ginebra Elisabeth Byrs, de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). Lo que no dijo -y lo digo yo- es que se trata de una cantidad ridícula. Pero, en fin, así están las cosas.
Como en el siglo XVII Quienes están haciendo un gran papel en el asunto, y sin darse tanta propaganda- son las Hijas de la Caridad en Haití, en un trabajo que ya era intenso antes del terremoto. Nuestro programa dio cuenta de ello en un reportaje. Ahora, las religiosas- entre ellas varias españolas- están trabajando en unas condiciones que impresionan y que recuerdan los tiempos de su origen, allá en el siglo XVII. Desde Haití nos llega esta comunicación de las Hijas de la Caridad que nos muestra el coraje de estas mujeres:
“Para nosotras en Haití, todavía una nueva prueba: el cólera. Qué tristeza ante tantos muertos, sobre todo en el Artibonite. Hace una semana que nuestras hermanas Sor Natalia, Lila, Josefa, Mónica y Alberta comenzaron una campaña de emergencia. Están trabajando sin cesar en el hospital Alma Mater de Gros Morne para salvar vidas aplicándoles tantos sueros como necesitan: 15, 18, 20 por día, todo lo necesario para que los enfermos se recuperen. Muchas vidas pueden salvarse pero el riesgo continúa. Gracias por vuestra ayuda".
Ahí están. Sin ONU, sin cascos azules, sin despliegue de medios (incluidos los de información), sin alharacas, sin bombos ni platillos. Mujeres valientes. Tienen poco de "monjitas" y sí mucho de monjas-coraje.
El Ayuntamiento de Falces y la junta Bardenas Reales le entregaron cheques de 9.000 y 15.000 euros falces. El acto oficial del centenario de la residencia San Francisco Javier de Falces tuvo un final con sabor solidario. El presidente de la Junta de Bardenas Reales, José Antonio Gayarre, y el alcalde de Falces, José Carlos García, hicieron entrega de sendos cheques de 15.000 y 9.000 euros a Sor Pilar Pascual, misionera falcesina en Haití. La hija de la caridad de San Vicente de Paúl recibió emocionada esta colaboración económica y acercó a los vecinos el dolor del pueblo haitiano. "Es un deber agradecer todas estas muestras de solidaridad y podéis estar seguros de que todas estas donaciones llegarán directamente a los que más las necesitan, incluso intentaremos multiplicarlas. Gracias por el apoyo moral y la generosidad de todos los navarros", manifestó la misionera.
Pilar Pascual Mendívil estará un mes en Falces junto con su familia, tras vivir en primera línea el desastre del terremoto de Haití, país en el que reside desde hace treinta años. "Sin yo saberlo, todo el pueblo estaba preocupado por mí esos días. El 20 de mayo volveré a retomar mi trabajo allí", apuntó.
Cité Soleil es como la barriada de la película 'Ciudad de Dios' de Fernando Meirelles, la trepidante cinta que muestra la miseria y la delincuencia de una de las favelas de Río de Janeiro. Allá donde la vida no vale ni un real y la venganza a tiros es moneda de cambio.
Tres mil de los cerca de 320.000 habitantes de la barriada murieron en el seísmo y unos 15.000 resultaron heridos. La ayuda humanitaria, sin embargo, tardó casi dos semanas en llegar. Fue un despliegue casi de zona de guerra. Helicópteros estadounidenses sobrevolando las chabolas, soldados apostados en los tejados y en los vehículos militares. Y todo, para repartir sacos de arroz.
Tras el terremoto, cerca de 4.000 presos que vieron como los muros de la cárcel se venían abajo y lograron huir volvieron en su mayoría a Cité Soleil, uno de las barrios más pobres del mundo, donde el crimen organizado y el tráfico de drogas funciona por bandas criminales, responsables de que cada día se atiendan allí hasta tres heridos de bala.
Las únicas trabajadoras sociales que durante los últimos treinta años han vivido allí, han curado las heridas de los hijos de los pobres y delincuentes, les han dado comida y educación, han sido las Hijas de la Caridad, entre ellas una española, Sor Pilar.
Madrid Rumbo al Sur entrega material de ayuda a Sor Pilar. | J.L. Cuesta Respeto reverencial
El respeto que les profesan los vecinos de los chamizos de aquel lugar infesto de basura es reverencial. "Nos avisaban cuando iba a ver problemas; nos decían: Hermanas, métanse en casa que vamos a empezar a disparar", recuerda Sor Pilar, que muchas veces ha acudido a trabajar en la legación que las hermanas tienen allí además de en Silve La Plane. Dice la hermana que incluso alguna vez han parado tiroteos para dejarlas pasar y que las propias bandas vigilaban que nadie se atreviera a desvalijar los pocos medicamentos que almacenaban en el dispensario. Su grado de ascendencia era tal que hasta se permitía darles consejos. "Recuerdo que un día le dije a uno de ellos '¿Pero cuándo 'váis a dejar de dar tiros por ahí?'; él me respondió 'Es que no tenemos nada que comer'".
Por muy míseros que sea su concepto de lo que vale la vida, los delincuentes de Cité Soleil parecen los primeros en darse cuenta de lo que hacen estas hermanas, así como muchos misioneros y voluntarios repartidos por todo el país, muchos de los cuales dan todo a cambio de nada y están orgullosos de su trabajo. Años después, no dudarían en coger el mismo camino. "Llevo ya aquí 27 años; cuando vuelvo a Pamplona mi familia me dice que me quede, que ya hecho mucho aquí; yo siempre les respondo lo mismo; aquí tenéis toda la ayuda que queráis, no os falta de nada; allí no tienen ni para comer", asevera Sor Pilar en un relato que te congela la sangre. "Y merece mucho la pena", remacha.
Años de trabajo
Tres de los miembros del grupo se quedan ahora allí para instalar otra tienda militar de campaña en Los Cayos, a seis horas en coche de Leogane. Y otros muchos cooperantes españoles permanecerán allí durante meses, como Bomberos Unidos Sin Fronteras, que da asistencia médica y potabiliza agua en varios puntos del país. A muchos se les ha quedado y se les quedará grabado a sangre y fuego los ojos de la miseria, como a Anika Coll, de los Bomberos de la Comunidad de Madrid, que cuando volvió a Madrid pidió a MRS que ayudara al padre de un niño pequeño al que consiguieron salvar de entre los escombros y que perdió a otro de sus hijos.
Quedan años de trabajo en Haití, que vuelve a partir de cero como en 1808, cuando se declaró la primera república independiente negra del mundo. El gobierno corrupto es el mayor obstáculo que tienen los cerca de nueve millones de personas uno de ellos sin hogar tras el seísmo- que viven en el país. La ayuda económica que está llegando al pueblo haitiano es mayúscula, pero deberá ser auditada por la Comunidad Internacional, que tampoco debe excederse en su paternalismo.
"Nosotros somos lo que tenemos que levantar esto", me decía orgulloso hace varios días un abogado de Puerto Príncipe. Pues eso. Enseñarles a pescar y no darles un pez como muchas veces se ha hecho hasta ahora en esta isla africana pérdida en el Cáribe donde sólo existe una verdad absoluta: la fe.
El 12 de enero de 2010 un seísmo de 7 grados de magnitud sacudió Haití. El epicentro se encuentra a 25 Km. de Port-au-Prince, la capital. El 24 de enero tuvieron lugar otras 52 sacudidas de 4,5 ó más de magnitud. La Cruz Roja estima que cerca de 3 millones de personas han sido damnificadas por la catástrofe, las autoridades haitianas confirman la muerte de más de 150.000 personas.
La Provincia de Haití de las Hijas de la Caridad Las primeras Hijas de la Caridad llegaron a Haití en enero de 1973; procedentes de Puerto Rico. Actualmente son 31 Hermanas de 10 nacionalidades. Catorce son haitianas. Viven en 5 comunidades: 4 están en Port-au-Prince o cerca; la 5ª en Gonaïves (ciudad al Oeste de Haití). Las Hermanas sirven a los pobres en escuelas, dispensarios, centros sociales o en la Pastoral. Después del seísmo Una de nuestras Hermanas - Sor Brigitte Pierre - murió en el seísmo y otras dos han perdido a miembros de su familia. Además las Hermanas comparten la tristeza de todos: pobres, amigos, bienhechores, miembros de la familia Vicenciana, sacerdotes, religiosos… La situación es descorazonadora.
Las casas de las Hermanas situadas en Port-au-Prince han sido dañadas gravemente por lo que las Hermanas se han quedado sin casa y viven en tiendas de campaña. En medio del caos general, las Hermanas tratan de dispensar los servicios de base: cuidado de los enfermeros, nutrición, acompañamiento. Inmediatamente después del seísmo las Hermanas de Santo Domingo y Puerto Rico llegaron a Port-au-Prince para auxiliar a los heridos enviaron también provisiones desde Santo Domingo por camión y por vía aérea desde Miami. Equipo de socorro de las Hijas de la Caridad
En respuesta a la llamada de la Compañía, varias Provincias han ofrecido Hermanas enfermeras para Haití como parte de un primer equipo de emergencia. Este equipo permanecerá allí unos 3 meses y será reemplazado por otras Hermanas. La generosidad de las Provincias ha sido extraordinaria: el 20 de enero llegaron vía Santo Domingo para ayudar a la población 4 Hermanas de las Provincias de Albani (EE.UU.) y de Gran Bretaña. A principios de febrero llegarán 10 Hermanas de las Provincias de Argentina, Bogotá, Cuba, Ciudad de México, Paraguay, Madrid San Vicente, Pamplona y Sevilla. Informe de las Hijas de la Caridad de la Provincia de Gran Bretaña Sor Rita Quinn y Sor Joanna Danson con Sor Michelle y Sor Martha atienden ahora a los habitantes de Port-au-Prince. He aquí el testimonio de una de ellas: Hemos ido a muchas embajadas y hemos obtenido ayuda de las embajadas española y española. También nos hemos dirigido al Socorro Católico que antes nos ha ayudado muchas veces y nos obtendrán medicamentos, agua y comida. Es difícil saber por donde empezar pero estamos intentado lo mejor que podemos. La tierra sigue temblando, con frecuencia las sacudidas sólo duran algunos segundos, pero la sacudida es violenta y por unos momentos te hace sentir mareado. La situación ahora es más esperanzada. Las Hermanas de la Casa provincial de Santo Domingo han sido formidables y han realizado diversos envíos de material. La Congregación de las Misiones Extrajeras de París ha venido incluso, enviada por París, para ver qué necesitamos. Hemos visto brevemente a Sor Joanna y Sor Martha y están bien. Tres Hermanas de Cluny han sido halladas vivas después de 9 días del seísmo. El centro de la ciudad está totalmente destruido y el olor es asfixiante.
Mirando hacia el porvenir En todo el país está decretado el estado de emergencia. De momento las Hermanas se esfuerzan por responder a las necesidades más urgentes; esa es la misión del equipo llegado como voluntario. Esperamos que los servicios propuestos por las Hermanas antes del seísmo puedan reabrirse en breve, en particular las escuelas. Las Hermanas, entonces, tendrán que discernir cómo responder a las pobrezas engendradas por este terremoto y como acompañar a la población tan digna, cuya fe ha impresionado a todos. Virgen del Perpetuo Socorro, Patrona de Haití, ruega por nosotros!
Sor Martina lleva 36 años en Haití, conoce sus secretos y la idiosincrasia de un pueblo distinto y complejo. Su miseria crónica, sus raíces, su independencia pionera, su lengua, sus horizontes plagados de nubarrones, sus tragedias y catástrofes, han forjado una identidad nacional que la hermana Sor Martina Romero, natural de Teruel, respeta y comprende. Habla el créole pero no le haría falta para entenderse con los haitianos, a veces recelosos de los extranjeros de piel blanca, porque su mirada profunda, sus maneras afables, la bondad que respira por todos los poros conquistan en instantes la confianza de sus interlocutores.
Desde que tembló la tierra, ni ella ni sus compañeras de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, casi todas enfermeras, no han parado un momento. Hace ya una semana que se dedican en cuerpo y alma a los enfermos del Hospital de La Paz, el asignado al personal médico que viajó de España, junto a chilenos, cubanos y colombianos, para tratar a cientos de heridos del sismo.
"Nos iremos pronto de aquí porque ya hay suficientes médicos y enfermeras y nos necesitarán más en otro lugar", comenta sor Rosa María, andaluza. No quieren perder el tiempo cuando son conscientes de que en las plazas y parques, refugio de los sobrevivientes más pobres, se agolpan las necesidades.
Raparte besos y abrazos a los enfermos, consigue cualquier cosa que necesiten los médicos, consuela a las gentes que se le acercan con sus desgracias, cura heridas, salva almas.
"Las hermanas son ángeles que resuelven todos los problemas", afirma Fernando Prados, del Samur madrileño. "Les pedí un trajecito para una niña, no sé cómo hicieron si recortaron una bandera y le dieron dos puntadas, pero ya tuvimos vestido".
Y puede ser una prenda como medicinas, como buscar la madre de un niño herido que llegó solo, como comida. "Llegó una niña desamparadas, con gusanos en la herida de la boca. Cuando se los quitamos y conseguimos entenderle algo, nos dio su nombre y dónde vivía y fuimos a recoger a la mamá", recuerda la hermana Rosa María.
Una vez de alta, a la calle Como les preocupa la suerte de los enfermos que dan de alta y los mandan para su casa que es tanto como decir a la calle, ya se pusieron manos a la obra para conseguir un recinto donde vayan a parar y queden al cuidado de ellas. "Las hermanas de Gonaives vienen a echar una mano porque allí no hubo terremoto", explica sor Rosa María.
La provincial de la orden, Sor María Teresa Tapia, reacia, como las demás, a contar lo que hacen para restar importancia a su extraordinaria labor, que se financia de donaciones, rememora que llegaron a Haití el 7 de enero de 1973 veinte monjas para entregarse a los más necesitados.
Ya tienen casas en Cité Soleil, en La Plaine, Gonaives, Pavar y La Periere pero el número de hermanas españolas descendió a seis porque unas murieron y las vocaciones en nuestro país bajaron. "Este país sufre una miseria indescriptible, pero saldrá adelante".
Ponen su grano de arena en el océano de carencias que padecen los haitianos, pero alguien, le pregunto a una hermana, podría decir que no se nota, que debe ser frustrante darlo todo y ver que nada avanza. Porque Haití, para el ojo extranjero racional, es una nación inviable y sin remedio, incluso antes del terremoto.
"Nunca perdemos la esperanza de ver un país mejor, de que la gente alivie sus desgracias", responde una de las hermanas, que, al igual que sus compañeras, cuando la atención internacional se haya enfocado para otro rincón del mundo y mengüen los fondos, seguirán al pie del cañón.
Estrevista en el peridico La Vanguardia Sor Martina Romero Esteban, nacida en Teruel hace 62 años Una religiosa relata la lucha diaria de los cooperantes que están y se quedan Todo el mundo en el hospital de La Paix busca a la hermana Martina en algún momento del día. En cuanto aparece, a las nueve de la mañana, un médico cubano le echa el lazo para que le haga de traductora de español a creole durante una transfusión. Y ya no parará hasta las nueve de la noche. Lo mismo hace una cura o coge una vena que apaña unos guantes de goma que nadie encuentra. Es enfermera y resolvedora. Y sabe cómo curar y cuidar a los haitianos que lo necesitan porque lleva 36 años haciéndolo. Es una de los cientos de misioneros y cooperantes que estaban, están y se quedan mucho después de la tragedia.
"Yo no me asusto ya de nada. Nada me horroriza ya. Lo que no tolero es que maten o maltraten a nadie", dice Sor Martina Romero Esteban, nacida en Teruel hace 62 años, de ojos claros, piel muy pálida y consistencia de porcelana. Ella es una de las 33 hijas de la Caridad que viven en Puerto Príncipe y, junto a otra española que llegó aquí con ella en 1974, la más veterana. Todas las hermanas que estaban en la casa provincial de la congregación cuando el seísmo la derrumbó se salvaron. La única compañera que murió, sor Brigitte, estaba en la Universidad, también derruida.
Martina no se muestra especialmente impresionada con el terremoto porque ya ha visto demasiadas cosas aquí: asesinatos a machetazos, secuestros en los que le ha tocado intervenir, sangrientos enfrentamientos armados, nueve golpes de Estado y unos cuantos ciclones y terremotos con millones de víctimas en total.
Nadie lo diría al verla de un lado a otro del hospital atendiendo o consolando a los heridos; sujetando una bolsa negra con chupachups para regalar y una botella pequeña de agua rotulada en español y creole: "Agua bendita / Dlo beni. Nadie lo diría, pero la vida de esta monjita es a ratos como una película de acción.
A duras penas, modestia cristiana obliga y además ella "no quiere líos" con asuntos políticos, sor Martina nos cuenta cómo un día salvó a la carrera a un niño de menos de un mes al que, en medio de un tiroteo entre la misión de la ONU (Minustah) y una tribu rebelde, fue dando la respiración boca a boca porque estaba cianótico, azul, y se moría si no recibía atención inmediata. Llegó a tiempo a su destino, el hospital Santa Catalina Labouré, gracias a dos cosas: su conocimiento de las calles y del propio centro médico, y la intervención de uno de los jefes implicados en la revuelta, que la tiró al suelo y la libró de una ráfaga de disparos.
Aunque a ella no le haga ilusión esta forma de plantearlo, la verdad es que sor Martina tiene contactos en el infierno; el de la violencia en Haití, claro. "Muchos de esos bandidos han nacido en mis manos", explica en alusión a gentes que no han dudado en blandir el machete para oponer resistencia o resolver discrepancias.
Como los otros cientos de cooperantes que viven en Haití, y a diferencia de los que están de paso, nuestra hermana de la caridad conoce las teclas que hay que pulsar cuando un atacante o un paciente se ponen aquí levantiscos: "A veces les suelto una palabrota en creole o les amenazo con lo que puede hacerles su dios vudú teniendo en cuenta lo que piensa el mío. Hablo su lenguaje y suelen confiar". Por eso vemos que más de un médico desesperado ante la actitud o el pánico de un herido acude a ella para que lo persuada.
La monja española vive en Haití un terremoto diario. "Para mi no se trata de la fiebre que esta situación, de verdad extrema, ha ocasionado; para mi es la vida diaria; dar de comer, curar y enseñar a niños y jóvenes desesperados en un lugar que, en mi opinión, no tiene arreglo humano", dice. Ella es de los que piensan que "hay que hacer el país nuevo".
De momento, la hermana reza para que la ayuda llegue entera, se mantenga y no acabe desviándose hacia el comercio y el mercado negro. "Un hombre hambriento suele ser un perro rabioso", advierte. Lo sabe por experiencia.
Mª Pilar Pascual Mendívil: "A nosotras nos respetan todos, saben que vivimos entregadas a los más pobres" - Ajena al revuelo mediático que ha despertado en su Falces natal, Pilar Pascual Mendívil, Hija de la Caridad en Haití, se ha pasado 9 días atendiendo heridos en Puerto Príncipe. "Estoy intacta, de maravilla", asegura en esta entrevista telefónica.- "El terremoto duró algo así como medio minuto. Las paredes del edificio se movían como si fueran una mecedora"- "Y, sin embargo, esto está lleno de gente con unas ganas inmensas de vivir. Son tan alegres. Es oír un tambor y ponerse a vibrar"- "Eso que dicen de "Reyno" de Navarra" es una gran verdad; muchas veces no vemos más allá de nuestras murallas, ni siquiera para abrirlas" Al tercer tono de la vigésima llamada, alguien responde. "Oui? Pilar? Oui, elle est ici(¿Sí? ¿Pilar? Sí, aquí está, en francés). Cuatro segundos después, se oye la voz de esta religiosa falcesina de 65 años. "¿Llamas desde Navarra? A ver, que me han dicho que me he hecho muy famosa por ahí estos días", bromea. Durante unos minutos, Pilar Pascual Mendívil responde con energía, tan alto y claro que no parece encontrarse en medio de un país derruido, al otro lado del océano Atlántico. "Grito un poco por si se corta o no me oyes bien, que no anda muy decente esto de los teléfonos por aquí". La conversación es sólo un paréntesis en su trabajo en un barrio, el de María Magdalena, de las afueras de Puerto Príncipe. Curiosamente, después del interés que ha despertado su persona en los últimos días, le cuesta mucho usar el yo, la primera persona del singular. La mayoría de las veces escoge expresarse a través del nosotros.
Nos tuvo en ascuas durante casi tres días (hasta que pudo ponerse en contacto con su familia, una hermana, en Falces, y decirle que estaba bien). ¿Cómo se encuentra?
(Ríe). De maravilla. Estamos muy bien, trabajando mucho pero intactas, ha sido un milagro...
¿Qué recuerda del terremoto?
Habíamos terminado de trabajar recogiendo los medicamentos del dispensario cuando, de repente, toda la casa empezó a moverse. Las paredes se estremecían como si fueran una mecedora. Duró algo así como medio minuto y derrumbó el depósito de agua que tenemos al lado de la casa, vimos cómo ríos de ese agua venían hacia nosotras... Acto seguido, los regueros que tomaron el relevo fueron los de los heridos. Las calles se llenaron de personas que vagaban en busca de ayuda, de ruinas y de muertos. Esta catástrofe ha dejado muchos muertos...
Por lo que hemos podido ver en las imágenes que nos llegan desde Puerto Príncipe, pocos edificios quedaron en pie...
Se cayó casi todo. Pero vaya, era lo esperable si todo está sujeto con alfileres. Aquí la gente no es que viva en la pobreza, es que sobrevive en la miseria más absoluta. Los pocos que tienen un comercio, pues intentan tirar hacia adelante. Hay algún otro que trata de vender carbón. ¿Turismo? Nada, desde los ochenta la inseguridad y la violencia en las calles acabaron con casi todo el interés extranjero por nosotros. Y, sin embargo, esto está lleno de gente con unas ganas inmensas de vivir. Son tan alegres... Es oír un tambor y ponerse a vibrar.
Usted ha trabajado como enfemera en Pamplona, en el Hospital de Navarra, en Puerto Rico y en Haití, que es donde finalmente lleva 33 años. ¿Qué tiene este país para retenerle así?
Me hace sentir que mi sitio está aquí donde puedo ayudar a los que verdaderamente lo necesitan.
¿Cómo es un día suyo de trabajo allí en Haití?
Me levanto a las 4.30 horas de la mañana. Realizamos una oración y desayunamos. Después acudo al dispensario que tiene la congregación, donde realizo mi función de enfermera. Al día podemos ver entre 250-300 pacientes enfermos. Para las cuatro y media de la tarde, volvemos a la comunidad. Hacemos un poco de vida en común, de reflexión, recuperamos fuerzas para el día siguiente y nos acostamos.
Después del terremoto, su rutina habrá cambiado mucho.
Sí, el trabajo ha crecido muchísimo y casi todos los enfermos que atendemos son urgencias como infecciones que requieren una amputación. Además, estamos allí mientras que hay luz, hasta las siete o las ocho de la tarde; hay tanta necesidad... También ha cambiado que ahora dormimos en el patio. Nadie quiere volver a exponerse a que se le caiga encima una pared. Ayer mismo (por el miércoles), la tierra volvió a temblar de nuevo.
Hasta Europa llegan noticias de pillaje, violencia, caos en las calles, ¿es cierto?
Es verdad que hay mucha violencia en la calle. Una de las cárceles más importantes de Puerto Príncipe, la prisión C, se derrumbó con el terremoto y de allí salieron a la calle 3.000 presos. Mucha gente no tiene agua; otros lo han perdido todo, aunque ya fuera poco lo que tenían.
¿Su seguridad se ha visto amenazada en alguna ocasión?
Nunca. No sé, a las religiosas siempre nos han respetado porque saben que nuestra labor es de ayuda a los más pobres. No sólo ahora. Siempre. Incluso en el barrio de Cité Soleil, en el que residí hasta el año pasado (uno de los más conflictivos de la capital haitiana), hubo grupos armados que nos defendían a las monjas. Era el momento de las revueltas políticas y que cada cual mataba por su líder, pero a nosotras nos dejaban en paz, porque sabían que por encima de los dirigentes y de los poderosos, a nosotras lo que nos importa son los pobres y esos hay en todos los bandos.
Su vida allí difiere mucho de la que llevamos la mayoría de los navarros aquí. ¿Les habla de esta tierra y de sus costumbres?
Pues no mucho, la verdad, siento que contarles lo ricos que somos, lo bonito y limpio que tenemos todo, podría hacer que alguno incluso se sintiera humillado. Me pienso para mí misma que eso de Reyno de Navarra que dicen ahora es una gran verdad. Somos un "reino", y tan reino, porque muchas veces no somos capaces de ver más allá de nuestras murallas, ni siquiera de abrirlas a quienes vienen de fuera...
A través de este periódico tiene ahora la oportunidad de hacerles llegar un mensaje. ¿Qué les diría a esos compatriotas de "Reyno?
Lo primero que gracias por la atención y el dinero que han dado, que todo lo que llegue será poco para esta gente. Y segundo, que piensen en la suerte que tienen de haber nacido allí, que reflexionen. La miseria en Haití es inmensa. Esta catástrofe sólo ha sido como echar un vaso de agua al mar, más pobreza entre pobreza.
Después de todo lo que ha vivido, ¿cuál es su estado de ánimo?
Me levanto todas las mañanas bien animada, la verdad.